6 sept. 2012

PRIMERA PARTE



 La víspera, el presagio.

El día 10 de septiembre del año 1973, antes del amanecer, una larguísima fila de gente hacía “la cola” para poder comprar el pan.
La panadería principal estaba a media cuadra de la plaza Egaña, por la calle Larraín hacia la cordillera y era esta la panadería más grande de todo ese sector.
La gente que hacía “la cola”, y ocupaba los primeros lugares de la fila, prácticamente habían pernoctado allí. Otros llegaban pasada la medianoche y la mayoría lo hacia en las horas previas del amanecer.
El frío de setiembre era muy intenso.

La larga fila se extendía por la calle Larraín y luego se desviaba hacia la derecha por la calle Guemes. Esto era la parte poniente de la Comuna de la Reina.
Por la calle Guemes a media cuadra de Larraín había una antigua casa de dos pisos de color celeste que tenía como característica una gran palmera a la entrada.
Allí vivíamos nosotros
Más de una ocasión escuchamos que la gente que hacía “la cola” la denominaba como la “casa de Barnabas Collins” en referencia al vampiresco personaje de la televisión y al aspecto sombrío y siniestro que en realidad tenía esta construcción.
La casa tenía un especial encanto con sus detalles Europeos de finales de siglo y con los ventanales en forma de galerías que acentuaban su especial estilo arquitectónico.
En verdad tenía una cautivadora elegancia.
Nosotros nos habíamos casado en el mes de junio del año 1973 y nos trasladamos de Quilicura hacia la Reina y fuimos a vivir en el barrio de Plaza Egaña.
Por varias semanas estuvimos pintando y restaurando la antigua vivienda.
Al cabo de cuatro meses de vivir allí, ya teníamos cierto dominio sobre el barrio.Cerca de las tres de la madrugada ya se escuchaban los gritos, los ruidos y las conversaciones  que venían desde la calle de la gran cantidad de personas que hacían la fila para comprar el pan.
Desde la ventana del balcón podíamos mirar como la gente que llegaba se iba apoyando en nuestra vereda junto a los muros para poder guarecerse del frío y de la inclemencia de la noche. Debían esperar allí hasta las ocho o nueve de la mañana horario en que la panadería abría sus puertas y comenzaba a atender a los cientos de personas que esperaban el pan.
Adquirir un kilo de pan era por tanto una larga odisea.
Con seguridad que aquellas personas, la mayoría jóvenes habían venido de los sectores mas diversos de la comuna de la Reina y Peñalolén. En verdad sus conversaciones hacían referencia al hecho de lo mucho que tenían que caminar para poder estar allí.
En más de alguna ocasión también compartí desde el amanecer, esa larga fila con todos ellos para poder comprar el pan.
Y no sólo había largas colas para comprar el pan, sino también para todo tipo de productos y en los más distantes sectores.
La gente, las dueñas de casa debían hacer grandes esfuerzos para conseguir el aceite, la harina, la margarina, la leche. Obtener un kilo de carne o de pollo era casi imposible, de tal modo que si algún miembro de la familia llegaba con ese producto casi era considerado como una hazaña.
Y esta misma escena de absoluto desabastecimiento se repetía y se multiplicaba en todo Santiago. En todos los barrios la gente a toda hora hacía largas colas para adquirir cualquier producto.
 Pero sin lugar a dudas que las panaderías eran protagonistas en estos días.
Años después, el país se enteraría que todo el desabastecimiento era la consecuencia de un maquiavélico plan que tenía su origen en USA, para desestabilizar el gobierno de Salvador Allende.

En Quilicura no podía ser de otro modo.
Literalmente los almacenes y boliches no tenían nada exceptuando las verduras y las frutas.
Quilicura poseía sólo tres panaderías que en época normal aseguraba el pan a los vecinos. Pero estos días nada tenían de normal.
 Los otros eran pequeños almacenes y verdulerías al margen de una carnicería que se ubicaba en el centro del “pueblo”.
El pan, por tanto, había que adquirirlo necesariamente  en alguna de estas panaderías y en cada una de ellas, al igual que en todo Santiago suponía enfrentarse a agotadoras  e interminables colas
Los vecinos optaron por abandonar la comuna y buscar el escaso abastecimiento en los sectores cercanos donde se suponía que algo podría encontrarse. Los barrios más frecuentados eran Independencia Recoleta y Matucana.
Generalmente los niños y jóvenes que tenían una mayor resistencia hacían la cola y sus familiares calculaban los horarios para llegar y hacer las compras. En el caso del pan había ocasiones en que cada familia contaba con unos veinte componentes que reservaban el lugar.
Si alguien quería hacer comentarios adversos al Gobierno, no había sitio más indicado.

El día 10 de septiembre, al igual que hacía ya más de cuatro  meses yo iniciaba el viaje desde la Reina  a Quilicura cerca de las 07.15 horas.
Había que tomar una “micro”, desde plaza Egaña hacia Mapocho y allí tomar el bus que trasladaba a la gente hasta Quilicura.
Desde La Reina a Quilicura había una distancia de cerca de 30 kilómetros.
El bus iniciaba su recorrido en Mapocho cerca de la estación.

El tráfico y el transporte eran muy lentos por lo que el ánimo para viajar consideraba al menos 30 minutos. Los rostros y el paisaje siempre eran lo mismo. El trayecto hacia Quilicura no había cambiado en años.
Era una extensa carretera conformada por industrias a ambos lados, que conducía hacia la calle Matta, la principal vía de acceso hacia el pueblo de Quilicura. La calle Matta serpenteaba hacia el centro de lo que los quilicuranos denominaban “el pueblo” y el paisaje semi rural dejaba ver antiguas construcciones de adobes, enredaderas, flores silvestres, enrejados de alambres y los tejados de las techumbres.
 Las personas siempre eran las mismas. Escolares y profesores de la comuna que trabajaban en alguno de los escasos colegios con que contaba la comuna. Venían pequeños comerciantes y algunos obreros y operarios de las empresas metalúrgicas.
Al ingresar a la aldea por la calle Matta., la “micro” colapsaba.
La escuela 386, República Popular de Bulgaria estaba al final del recorrido en la población María Ruiz Tagle.
Los muros que daban hacia el recorrido del bus y que cada mañana era inevitable leer reflejaban la atmósfera de politización de aquellos días, al mirar a través de los vidrios del bus en este lento recorrido, aparecían las consignas:
 “Momios sediciosos, no pasarán”, “No a la guerra civil”, “Poder popular para el pueblo”, “Movimiento de izquierda revolucionario. MIR”, “A organizar las milicias populares”,”Con Allende, venceremos”, “A crear las juntas de abastecimiento”, “No al fascismo”, “No a la sedición”, “A defender el gobierno del pueblo” y cientos de proclamas similares en todos los tonos y todos los tamaños.

Los días lunes por la mañana, en las escuelas públicas era usual realizar un acto matinal destacando alguna efeméride. En el patio de la Escuela, los alumnos formados por cursos frente a sus profesores entonaban el  himno nacional y contemplaban como dos de sus compañeros realizaban el izamiento de la bandera Chilena.
Ese día lunes, los alumnos y los profesores  participaron del acto conmemorativo.

Se entonó como siempre la canción Nacional.
-Buenos días niños
-Buenos días profesor.
Aquel día lunes se habló sobre la historia de Chile.
En el año 1541 se produce un levantamiento del pueblo mapuche. Son  8000 indígenas  que atacan por sorpresa el fuerte español en la ciudad de Santiago.
Las represalias por este hecho son de las más crueles y sangrientas que recuerde la historia. Gran fama por su crueldad adquiere una mujer española, Inés de Suárez.
Luego del acto se iniciaba la jornada que se interrumpía por el recreo de las 10.00 horas.
Durante el desayuno en la sala de profesores, se produce un pequeño conflicto a raíz de los recortes de prensa y los volantes que se colocan en el diario mural llamando a los profesores a cuidar y proteger el Gobierno de Salvador Allende.
La Escuela 386 tenía mucho prestigio en la comunidad de Quilicura.
Se trataba de un grupo de muy jóvenes profesores, liderados también por una mujer muy joven, quien desde el inicio fue su Directora.
Gracias al esfuerzo y a un trabajo constante de ese grupo de docentes, la población María Ruiz Tagle era reconocida en el ámbito comunal. Las familias en general sentían un gran orgullo por la Escuela, aunque los vecinos comentaban que las tendencias de los profesores eran evidentemente de izquierda. El clima que se generó desde 1969, año de su fundación hablaba de un sólido equipo humano que ante todo tenía como virtud, la unidad. Esto potenciaba enormemente el trabajo.

En la Escuela 386, las jornadas tenían horario de inicio, pero no tenían horario de término. Siempre había una actividad pendiente. Y allí estaba la Directora con los profesores estableciendo nuevos rumbos para alumnos y apoderados
Hubo un compromiso social y pedagógico del que nadie era ajeno. El trabajo constituía una verdadera trilogía de acción: alumnos, profesores y apoderados.
Los resultados eran más bien de tipo cualitativo, lo que finalmente tiene mayor repercusión en la comunidad y en el hogar, los alumnos eran actores, pintores, músicos bailarines o gimnastas.
Los profesores eran muy respetados y esto favorecía el desarrollo comunitario.
La escuela por tanto generaba algunas envidias de parte de otras comunidades docentes y generaba también anticuerpos de los políticos de la derecha que no veían con buenos ojos la influencia que la Escuela tenía en general en la comunidad de Quilicura.
Cada profesor, cada profesora ejercían un autentico liderazgo pedagógico y social y esto incidía en la cultura de los pobladores.
Era pues casi normal que entre sus miembros se generaran algunas diferencias.




Ese día lunes pasado el mediodía, luego de la jornada de clases,  me dirigí al Edificio Gabriela Mistral ubicado en la alameda Bernardo O’higgins a un costado del cerro santa Lucía.
El edificio era imponente por su estructura y presentación. Había sido construido dos años antes con el propósito de que Chile fuera el anfitrión en la recepción de la totalidad de delegaciones de las naciones unidas  en una jornada más de la UNCTAD.
En el mes de abril de 1972  se realizó en Chile la tercera conferencia mundial de comercio y desarrollo.
El edificio se construyó en tiempo record y era el orgullo de la ingeniera Chilena.
Una vez que finalizó aquel congreso, el edificio de la UNCTAD fue cedido al Ministerio de Educación para que se utilizara en congresos, seminarios, actividades culturales y todo tipo de manifestaciones populares. Allende había dicho que era “el edificio del pueblo” y fue nominado como Centro cultural metropolitano  Gabriela Mistral.


“Queremos que esa torre sea entregada, y así lo propondré, a las mujeres y a los niños chilenos, y queremos que esa placa sea la base material del gran Instituto Nacional de la Cultura. Queremos que la cultura no sea el patrimonio de una elite, sino que a ella tengan acceso -y legítimo- las grandes masas preteridas y postergadas hasta ahora, fundamentalmente, los trabajadores de la tierra, de la usina, de las empresas o el litoral”

En general la gente sentía un gran respeto por la construcción y era algo inmune a rayados y atentados. Por lo demás, los muros de la fachada principal eran de cerámica maciza casi invulnerables. Era un edificio imponente.
Siempre lucía impecable.

Cerca de las 15.00 horas me encontraba en una de las galerías subterráneas del edificio. Una hermosa y amplia sala sería inaugurada por el Instituto Búlgaro de Cultura durante esa semana, se trataba de una exposición que reunía fotografías, láminas, dibujos, textos y artesanías que  habían plasmado los alumnos de la Escuela 386 y que era el mejor homenaje al pueblo de Bulgaria.
La Escuela había puesto grandes expectativas sobre esta exposición y era probable incluso que a través de la embajada algún alumno o profesor pudiera eventualmente  viajar hacia Sofía, su capital.
En mi poder estaban todos esos trabajos y me correspondía montar la muestra a la que se invitaría a variadas personalidades.
Dispondría de toda la tarde para avanzar en el diseño de la muestra. Me acompañaron algunas personas del Instituto búlgaro, pero cerca de las 16 .00 horas me quedé solo en el salón.
El clima externo, era bastante adverso.
De hecho “La segunda”, un diario opositor al régimen de Allende y que circulaba durante la tarde, publicaba un gran titular en letras rojas  que decía: “Que renuncie”.
Los días previos las disputas entre partidarios y opositores al gobierno de Salvador Allende eran absolutamente polarizadas. El clima y la efervescencia ideológica venía en aumento desde el inicio de 1973 y sencillamente no había ningún punto de encuentro.
Los diarios exhibían  sin ningún pudor sus preferencias políticas y eran un muro más de cara a los lectores. Se había perdido la objetividad completamente y esto mismo ocurría en las radios y los canales de la TV.
El diario “Tribuna” de tendencia ultraderechista hacía diariamente un llamado a las FFAA para que intervinieran. Por su parte el diario “Puro Chile” ponía en su portada diarias denuncias de lo que era la sedición y llamaba a los chilenos a dormir “con un ojo abierto”, para defender el gobierno de la Unidad Popular.
El clima en escala un tanto menor se trasladaba a las zonas y sectores periféricos.
Quilicura era una tierra apacible y calma, no éramos más de 40.000, pero ya los ecos de la contienda habían llegado a fines del año 1969 y especialmente durante la campaña de 1970.
No había en la comuna, kioscos de revistas y periódicos, eso correspondía a la urbe, apenas un suplementero que exhibía los diarios del día cerca de la plaza de la comuna y hacía el reparto con un triciclo.
Lo que si parecía como obvio, era el desnivel de medios de comunicación que se inclinaba hacia la derecha por una serie de razones económicas que incluso como se revelaría años más tarde, incluía la política de los EEUU que tenían como objetivo derrocar el Gobierno constituido.
Quilicura al igual que el resto del país se dividía en “momios” y “comunistas”.
Los momios por la noche sintonizaban el noticiero de canal trece y los comunistas optaban por el canal siete.

Cerca de las 17.00 horas se escuchaba el eco de una manifestación de mujeres. Los partidos de derecha y oposición habían convocado a una “protesta” en la Alameda y durante la tarde se produjeron una serie de altercados frente a la sede de la Universidad de Chile y al edificio Gabriela Mistral donde me encontraba a esa hora.
La calle Alameda casi diariamente tenía manifestaciones de gran convocatoria para apoyar o rechazar el régimen de Allende.
Hasta el subterráneo llegaban el griterío de las mujeres que se habían  concentrado una vez más en gran número en la principal arteria capitalina.
Los gritos en las manifestaciones eran el condimento apropiado para exacerbar cada vez más los ánimos de los concurrentes.
“No hay carne huevón, no hay leche huevón ¿Qué chucha es lo que pasa huevón?”
Y cientos de insultos para allende y su gobierno, que iban en la dirección donde unos escasos funcionarios policiales resguardaban la seguridad.
Desde muy lejos llegaban los granos de maíz con los que las mujeres expresaban la cobardía de los militares por no intervenir en la política del país y de este modo les hacían ver que eran unos “gallinas”.
Los granos de maíz descendían por los escalones, hacia el salón donde me encontraba.
Algún temor sentí que ingresarán al edificio y me sorprendieran virtualmente solo, montando una exposición para resaltar los valores de un país socialista.
Nadie en condiciones similares podría evitar que reaccionaran con la mayor agresividad.
Pero la marcha continuó por la Alameda hacia el poniente.
Lo supuse porque el griterío se alejaba del sector.
Pasadas las 18.30 horas, luego de dejar algunas observaciones al guardia, abandoné el edificio Gabriela Mistral.
Como el trabajo del montaje de la exposición no logré terminarlo, volvería el día martes 11 de septiembre en algún horario durante el día.
Sobre los mesones quedaron las artesanías, las láminas, las  cartulinas de colores, reglas, una corchetera,  pegamentos,  plumones y una gran cantidad de fotografías en blanco y negro de nuestros alumnos. También había dos de mis trabajos elaborados en carboncillo.
Caminé hacia el centro de la capital entre manifestantes rezagados que aún permanecían en las calles. Las aceras estaban inundadas de todo tipo de volantes y papeles.
Recuerdo los titulares de los diarios en los kioscos de la calle Ahumada:
“Cada cual en su puesto de combate”, rezaba El Siglo.
“Renuncie, hágalo por Chile”, destacaba La segunda sobre un fondo verde.
 Tribuna pretendiendo ser gracioso había titulado: “Si no se echa el pollo, que cierre la puerta por fuera”.
Las letras rojas de clarín expresaban: “Sonaron los momios, al pueblo se le acabó la paciencia”.
En algún local del Centro pude comprar una bolsa de pan de molde.
Cerca de las 21.00 horas, me encontraba en la Calle Guemes 70, la casa donde vivíamos, cerca de plaza Egaña.
La cola para el pan se extendía varios metros por Larraín hacia nuestra casa y esa noche como nunca antes, la cola del pan que se compraría al día siguiente, se extendía por al menos unas cuatro cuadras.
El murmullo, las risas, los gritos y las conversaciones se prolongaron toda la noche.

SEGUNDA PARTE




 Algo grave ocurría en Chile esa mañana.


Como era de suponer, la madrugada del día martes 11, una gran cantidad de gente esperaba estoicamente que la panadería abriera sus puertas para poder comprar el pan.
Eran centenares de personas que habían permanecido durante la noche reservando el lugar y que en unas horas más por fin podrían ingresar a la panadería.
La misma escena se replicaba en todas la panaderías populares.
El día amaneció gris y amenazante.
Las mañanas de septiembre en Santiago de Chile, suelen tener temperaturas muy bajas.
El cielo hacía presumir lluvias.
Era lo usual escuchar los comentarios de la gente de “la cola”, cuando abría la reja de la casa para salir:
-Es Barnabas Collins
-Bonitos los libros que lleva.
-Podíamos vivir acá nosotros…

Mi aspecto no era el de un vampiro, vestía ese día con un traje de cotelé y un beatle de lana gris. Ese mes  había cumplido 22 años, así que mi aspecto era el de un joven normal.
No me asemejaba al vampiro de la serie “sombras tenebrosas”, aunque Barnabas estaba en su apogeo y la casa contribuía a la broma.
Los días martes, mi esposa tenía el día libre y esa mañana se quedó en casa. Esperaría que la cantidad de gente disminuyera para tratar de conseguir algún kilo de pan.
En efecto “la cola” era muy grande,  sin contar la gran aglomeración que se producía en la puerta de entrada de la panadería que a esa hora permanecía con sus cuatro cortinas cerradas.
Eran poco más de la siete y me esperaba la gran aventura de llegar a Quilicura. El principal problema era conseguir una “micro” que pudiera estar algo vacía para poder subir.
A esa hora de la mañana todos corrían para conseguir una movilización, todo se repletaba y en realidad poco importaba ir colgando de las puertas. El objetivo era llegar. El caos se producía media hora más tarde.
En la cola del pan y en la “micro” alguien comentó que había problemas con la Marina en Valparaíso y que “algo estaba pasando en Santiago”, el ejército estaba acuartelado.
Chile se había habituado a que cada día ocurriera algún hecho político, se había habituado a la violencia en las calles y todos sabíamos que las informaciones de ser reales había que confrontarlas con los distintos medios, porque en verdad, ya nadie creía mucho en lo que la televisión y la radio decía.
Secretamente sin embargo, todos presagiábamos que algo grave tendría que ocurrir en el país, el descalabro social que se vivía ya no tenía retorno.
No era muy extraño que los ecos de ese día hablaran  de que estaba “ocurriendo algo grave” en Valparaíso y en Santiago. Que había tanques en algunos sectores y que los “milicos” estaban en las calles.
Por lo demás en el mes de junio, el día 29, un regimiento de blindados de la capital se había alzado contra el gobierno. En esa ocasión los tanques enfilaron por Santa Rosa hacia la moneda y las fuerzas leales encabezadas por el Comandante en jefe del Ejército, el general Carlos Prats habían logrado dominar la situación.
Esa tarde del frío mes de junio, casi de forma espontánea nosotros los partidarios de Allende nos reunimos al atardecer, en la plaza de la Constitución.
Nadie nos convocó, simplemente estábamos allí.
Cientos de personas desfilaban por las calles gritando y cantando las consignas de los partidos de la Unidad Popular:

-¡Crear, crear poder popular!
-“Momio escucha, el pueblo está en la lucha!
-“Y si esto no es el pueblo. ¿El pueblo dónde está? El pueblo está en la calle pidiendo    
   libertad..!
-¡Jota jota. Ce ce. Juventudes comunistas de Chile!
-¡Lucha , lucha, lucha. No dejes de luchar por un gobierno obrero, obrero y popular!
-“La izquierda unida, jamás será vencida”
-¡Compañeros...¿Y como paramos el fascismo? ¡Luchando, creando poder popular!

Frente al palacio de la Moneda  a pocos metros del Presidente escuché uno de sus discursos más encendidos y junto a una muchedumbre de partidarios apasionados por las ideas de la revolución,  aplaudíamos cada intervención del Presidente Allende:

“Compañeros, ya sabe el pueblo lo que reiteradamente le he dicho. El proceso chileno tiene que marchar por los cauces propios de nuestra historia, nuestra institucionalidad, nuestras características, y por lo tanto el pueblo debe comprender que yo tengo que mantenerme leal a lo que he dicho, haremos los cambios revolucionarios en pluralismo, democracia y libertad, lo cual no significa ni significara tolerancia con los anti demócratas, tolerancia con los subversivos y tolerancia con los fascistas, camaradas.
Compañeros, de la misma manera que siempre le he hablado al pueblo le hablo hoy día. Yo sé que lo que voy a decir es posible que no le guste a muchos de Uds., pero tienen que entender cuál es la real posición de este Gobierno: no voy óiganlo bien y con respeto no voy a cerrar el Congreso, porque sería absurdo. No lo voy hacer. Pero si es necesario, enviaré un proyecto de Ley para llamar a un plebiscito para que el pueblo se pronuncie”


Al escuchar los comentarios de los transeúntes recordé de manera espacial aquel hecho y simplemente pensé que era una acción como la del 29 de junio y que se resolvería con la presencia del pueblo. El pueblo estaría una vez más movilizado.
Y nosotros estaríamos allí.
Pero esta vez, no sería así.
El trayecto de Mapocho a Quilicura fue muy rápido, la carretera presentaba las mismas características de siempre, pero desde el norte se divisaban camiones militares que con los faroles encendidos despertaban la curiosidad de los pasajeros.
En mi carpeta portaba algunos recortes de diario que denunciaban varios hechos de intervención norteamericana y que los pondría en el diario mural. El caso es que en el paro de camioneros y en el “mercado negro” se  podía reconocer la mano de los Yankees.
 Era posible también que ese día organizáramos la celebración del día del profesor que el año anterior se había instaurado para el día 12 de septiembre.
Al ingresar al establecimiento la señora encargada de los servicios menores con una pequeña radio pegada a sus oídos me comenta que -“la cosa ahora si que está grave, los militares se están tomando el país y la radio dice que han derribado algunas antenas de trasmisión, todo está muy peligroso”.
Yo sólo sonrío.
Sin embargo en verdad, todo estaba convulsionado.
Los niños se regresan a sus casas sin más trámites. Los apoderados que ya algo intuían  se acercaban  a la Escuela preguntando si había clases. Todo tiene a esa hora, el sello del nerviosismo y el descontrol.
Mis alumnos eran los más pequeñitos, era el único primero básico que había en la jornada de la mañana y a la mayoría de ellos les encantaba llegar muy temprano a la Escuela.
Esa mañana había poquísimos.

En aquellos días también estaba dentro de lo predecible que hubiese algún paro, de tal manera que los apoderados en la puerta de la Escuela preguntando si había clases era algo casi normal.
Lo que no era normal es que lo hicieran nerviosa y apresuradamente, como si ya conocieran la respuesta.
El hecho es que esa mañana los alumnos casi no llegan al establecimiento.
Como la situación está algo convulsionada y tensa, me dirijo a la sala de profesores donde iniciaré la preparación del diario mural.
La idea es que esté completo para cuando llegue el resto de los profesores.
Una de las profesoras absolutamente consternada se acerca y me pregunta:
¿Acaso no sabes lo que está ocurriendo?
No tengo mayores informaciones – le respondo- No se nada de lo que ocurre, pero tenemos que estar preparados para todo.
-Es un golpe de Estado-me dice- eso es lo que está ocurriendo. El ejército está en la calle. Los militares están controlando todo. Eso se está informando y tú y yo sabemos lo que esto significa.
El diario mural no se alcanzó a publicar
La directora iba de un lado a otro con gran nerviosismo y quien encontraba en su camino le comentaba lo mismo.
-Qué terrible. ¿Cómo puede ocurrir esto? Esto es muy trágico…
Finalmente en una reunión que no se extiende por más de cinco minutos, nerviosamente comunica que no habrá actividades:
-Colegas, la situación es muy grave y muy peligrosa, ya hay patrullas y disparos por todas partes y también en las calles, por favor retírense y avisen a sus apoderados que deben hacerse cargo de los niños.
Vayan lo más pronto posible a sus hogares. Esto es muy lamentable.
La pequeña radio a pilas que tenía la señora auxiliar junto a sus oídos reproducía a intervalos la nerviosa voz de algún periodista que hablaba de movimientos de tropas en la marina de Valparaíso. Era casi inaudible.
La Directora me solicita que escriba una comunicación en el pizarrón que se ubica en la entrada del colegio.
Allí se comunicaba a los apoderados de situaciones relevantes que la comunidad debiera conocer.
El aviso decía con letras imprentas lo siguiente:

“Se comunica a los apoderados que hoy, las clases están suspendidas.
 Quilicura 11 de septiembre de 1973”

Todos se contagiaron por la incertidumbre y en nos pocos minutos la Escuela quedó vacía.

TERCERA PARTE




Una pequeñita radio a transistores conecta con la historia.


Un cúmulo de ideas e inquietudes pasaron por mi mente. La situación no podía ser del todo grave, era mejor confirmar por mi mismo lo que estaba ocurriendo.
El bus que me llevaba de regreso se completó antes de salir de Quilicura. La mayoría de los pasajeros eran las mismas personas que habían venido anteriormente.
Todos iban en silencio contemplando el paisaje y el ambiente que adquiría tonalidades oscuras. Cada uno meditando en lo suyo. Yo meditando en todo lo que habíamos hecho por instaurar un gobierno de izquierda que al parecer ahora estaba muy amenazado.
En la carretera ya se presenciaba algo fuera de lo común.
Los vehículos transitaban a gran velocidad en una y otra vía. En el año 1973 la carretera panamericana sólo tenía dos vías. No era difícil percibir que la inquietud se apropiaba de la gente.
Muchos obreros subieron al bus y comentaban sigilosamente  que “parece que está quedando la cagada”.
Uno de los pasajeros llevaba una radio portátil de transistores. Nadie dijo nada pero el silencio del trayecto indicaba que todos queríamos tener alguna noticia. Y esa pequeña radio nos conectaba con la historia.
Serían cerca de la diez.
La voz de Salvador Allende se escuchaba con muchas interferencias. En ese momento nadie sabía que estaba escuchando en directo el discurso más trascendente de las últimas décadas. Ninguno de nosotros sabíamos que participábamos de la historia y que éramos protagonistas de uno de los acontecimientos que marcaron para siempre la historia de Chile.
Las palabras del Presidente se escuchaban y el ruido del motor del bus estaba en complicidad con los que arremetían contra las centrales de transmisión.
Cinco o seis minutos son los que el bus demoraba entre la calle 14 de la Fama y el puente Bulnes. Las sesenta o noventa personas que hacíamos el recorrido, con seguridad que jamás olvidaron aquel momento:


 “…Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria…”

El bus se detuvo frente la Hirmas, que era una de las emblemáticas industrias textiles y desde allí podíamos observar como los trabajadores parecían como un sólido bloque custodiando la entrada de la Empresa. Al parecer temían que gente extraña ingresara al recinto o tal vez tenían la intención de mantener la industria “tomada”.
Yo había estado allí con ocasión de la inauguración de una planta y la empresa se denominó como “emastra” que significaba “en manos de sus trabajadores”
El bus llegaba rápidamente a Mapocho donde terminaba el recorrido.
Me invadía una gran preocupación, una inmensa soledad y el deseo de que aquello se revirtiera.
Entonces me dirigí hacia el centro de Santiago y me daba cuenta de que no era el único. Tal vez muchos que llevaban impregnado el sello de la lucha social llevábamos una ruta similar, incierta pero decidida.
Al menos una docena de personas seguía mis pasos.
Nos reuniríamos en la Plaza de la Constitución como había ocurrido hacía sólo tres meses, el 29 de junio.
Pero esta vez, el centro de Santiago estaba sitiado.

Patrullas de 10 soldados caminaban con sus rifles al hombro, sin seguro, apuntando hacia el cielo en decidido ademán de disparar.
Cada dos cuadras aparecía un pelotón de soldados con uniforme de combate que entre gritos y risotadas persuadía a los transeúntes que abandonaran la zona.
No muy lejos se escuchaban ráfagas de metralla, gritos y sirenas. Nosotros apresuramos el paso por calle Bandera hacia la Alameda.
Con los edificios céntricos los ruidos y los disparos se multiplicaban. Algunas personas corrían desesperadamente.
¡Calma, calma! –Grité- ¡Vayan con calma...!
Cerca de la calle Moneda se habían instalado algunos tanques. Tal vez cinco o seis.
Llegar a la Moneda, a la plaza de la Constitución  era imposible.
A una cuadra de distancia los soldados habían detenido un grupo de personas que los mantenían en el suelo.
¡Qué nadie se mueva!- Gritaba un oficial.
También corrían algunos fotógrafos y camarógrafos.
Un escalofrío se apoderó de mi, más allá varias mujeres cubrían un cuerpo con hojas de periódico, señal de que alguien había sido abatido.

De pronto me encontré sólo en medio de metrallas, gritos y humo. El día se oscureció.
Tenía que salir de allí.
Me encaminé hacia la Alameda activando mis pupilas y mis oídos.
Miles de papeles caían desde los edificios.
Y casi sin darme cuenta, de pronto una “micro” me llevaba por la calle Irarrázaval hacia el sector de la Reina.
La calle Irarrázaval era una ruta interminable y esta mañana cientos de personas repletaban las “micros” y muchos otros caminaban apresuradamente sin voltear la vista por ambos costados de la vía.
Al llegar al supermercado “Portofino” la presencia de gente era aún mayor. Una muchedumbre cubría la entrada y el sitio de los estacionamientos y cada cual luchaba por obtener cualquier alimento. El espectáculo era conmovedor.
El “Portofino” nos señalaba que la plaza Egaña estaba a unos minutos.

En la calle Larraín, “la cola” para comprar el pan era ya mucho menor.
La casa de la calle Guemes estaba quieta y silenciosa. El gris de cielo se había mantenido.
Mi esposa, seguramente aún dormía. Realizaba un arduo trabajo durante la semana y ese día  martes, durante la mañana descansaría permaneciendo en casa. Supuestamente yo regresaría por la tarde, casi al anochecer.
Con seguridad no tenía informaciones. Nosotros no teníamos ni radio ni televisión. La música que ambientaba las tardes de los domingos provenía de un tocadiscos monofónico en el que escuchábamos los intérpretes de aquellos días. Eran esos gruesos discos de vinilo, llamados long play  que se escuchaban en 33 revoluciones. Lo más escuchado eran los cantantes populares Raphael, Adamo, Sandro, la música de Elvis Presley, Juan Manuel Serrat y the Beatles. Terminaba por entonces el imperio de la llamada “nueva ola “Chilena.
Serían probablemente algo más de las once de la mañana, cuando algo sorprendida y confundida me preguntó:
-¿Qué te pasó?
-No, nada.
-¿No hubo clases?
-Las noticias son muy alarmantes, es lo que nos temíamos, hay un golpe de estado en Chile. Acabo de escuchar a Allende que se despedía de la gente.
Al parecer están bombardeando la ciudad. Todo está muy alterado. Mucha gente corriendo por las calles.
-¿Y hay locomoción?
- Yo no tuve grandes problemas para llegar, pero seguramente retirarán los buses.
-Ya me parecía extraño. La gente acá abajo hacía muchos comentarios sobre los militares pero no entendía nada.
-Pasé por el centro, es un caos, militares por todos lados y muchos disparos. Parece que todo es muy grave. Era lo que nos temíamos. Las fuerzas armadas están en la calle.
Y nadie se atreve a hacer nada.
- No crees que es mejor que nos vamos a Quilicura. Nuestra familia estará preocupada.
- No creo, a esta hora ya es muy riesgoso.
Es en este momento que suena el teléfono ubicado junto a la escala en el gran hall que tenía nuestra casa.
Nos miramos sorprendidos e inquietos.
No era usual una llamada a esa hora pero en estos casos la gente siempre intenta comunicarse con alguien.
En Quilicura nuestras familias no disponían de teléfono.
-Aló. ¡ Hola..!
-Si, está acá, acaba de llegar
-Si, me contó algo, de eso hablábamos, está muy nervioso y asustado.
-Ah. Justamente era nuestra intención, pensamos irnos a Quilicura.
-Ya, ya, si que bueno.
-Estaremos listos, no tenemos ningún problema.
-Bueno esperamos acá. Que tome Irarrázaval, es lo más directo. Nosotros esperamos 
  Listos para partir.
El nerviosismo se apoderó de inmediato de mi esposa.
Vendrían por nosotros y nos llevarían hacia Quilicura.

La casa nuestra tenía unas piezas al fondo del jardín que era habitada por el cuidador y su anciana madre.
Allí en una pequeña radio escuchamos lo que acontecía. Era todo alarmante
La voz del oficial del ejército repetía el bando número uno:
“Teniendo presente:
La gravísima crisis económica, social y moral que está destruyendo el país;
La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caso; el constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran:
 Que el señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile.
 Que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos, para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria del yugo marxista, y la restauración del orden y de la institucionalidad. Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental.
 La prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre.
El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes.”


La voz y el mensaje eran imperativos con las evidentes imperfecciones técnicas de retransmitir el mensaje a través del teléfono.
No había ninguna posibilidad de sintonizar algo diferente, era la única voz que se escuchaba.
Las radios fueron rápidamente acalladas. Era evidente que los militares ya se habían tomado el poder.
Los llamados “bandos militares” que no estaban contemplados en la Constitución Chilena y que además venían con las penas impuestas se sucedían uno tras otro y se repitieron durante todo el día martes 11.
Las órdenes eran impartidas como si el gran país de Chile fuera una tropa.
El pánico se apoderó de todos.
Al fondo de nuestra casa, en un pequeño cuarto, las informaciones de la radio que había sido tomada por la Junta Militar retransmitían una y otra vez:

El Palacio de La Moneda deberá ser evacuado desde las 11.00 horas. De lo contrario, será atacado por la Fuerza Aérea de Chile. Los trabajadores deberán permanecer en sus sitios de trabajo, quedándoles terminantemente prohibido abandonarlos. En caso de que así lo hicieren, serán atacados por fuerzas de Tierra y Aire. Se reitera lo expresado en el Bando N'1 en el que se advierte de que cualquier acto de sabotaje será sancionado en la forma más drástica en el lugar mismo de los hechos”.

Este era el mensaje que transmitía la radio en las horas del mediodía.

CUARTA PARTE



Un accidentado y peligroso regreso a Quilicura.


El vehículo que venía por nosotros, tomó Vicuña Mackenna y enfiló por Irarrázaval hacia el oriente. El tráfico ya era muy escaso. No demoró más de media hora en llamar a nuestra casa.
En el auto estaba mi cuñada y su jefe. Pertenecían a una fábrica de confecciones femeninas y sabiendo que nos encontraríamos absolutamente desprotegidos, ella había llamado para trasladarnos hacia Quilicura.
Eso fue providencial.
Salimos de inmediato y en mi interior pensé que tal vez no volveríamos nunca más allí.
Tomamos sólo lo necesario y escasas mercaderías aceite, detergente, fideos, té, algo de harina. Partimos raudamente hacia Quilicura.
Pero nuestro eventual conductor cometió un error.
Nuestro viaje debía tomar hacia el   poniente, Quilicura se encuentra al nor poniente de Santiago y la ruta más rápida era zigzaguear por la capital.
Pero nuestro automóvil Fiat 125 de color blanco, inició su recorrido por Avenida Ossa,  en Dirección hacia el cerro San Cristóbal.
Nos fiamos de él, nosotros solamente conocíamos los recorridos de “las micros”.
Era más del mediodía y la radio indicaba que conforme a lo que se había predicho aviones de la fuerza área de chile procedían a bombardear  la casa de la Moneda.

La gente corría por las calles y los pocos vehículos que circulaban lo hacían a gran velocidad. Santiago ya quedaba desierto y por todos lados se divisaban los vehículos militares y la presencia de uniformados utilizando una huincha de color blanco en el brazo izquierdo.
Yo perdí la ubicación geográfica y sólo sabía que teníamos a la vista la cumbre del cerro San Cristóbal. Helicópteros y aviones zumbaban en el aire y ráfagas de metralla se escuchaban constantemente.
En algunas esquinas eran detenidas algunas personas  o al menos interceptadas  por las patrullas.
Una de estas patrullas nos sacó de la ruta y enérgicamente nos indicó con señales que debíamos ir hacia la cordillera.
Nuestro conductor mencionó que la calle solitaria que tomamos no la conocía pero que iríamos hacia el norte bordeando la ladera del cerro. La radio continuaba emitiendo comunicados.
Viajamos varios kilómetros

“Las fuerzas  Armadas y el Cuerpo de Carabineros, reitera al pueblo de Chile la absoluta unidad de sus mandos y tropas y su decisión inquebrantada de luchar hasta las últimas consecuencias para derrocar al Gobierno marxista.
Se reitera una vez más que la lucha no es contra el pueblo de Chile, sino que en defensa de ese pueblo que ama la libertad. En defensa de la mayoría absoluta que repudia el marxismo.
 Esta mayoría multitudinaria de obreros, empleados, profesionales, estudiantes y amas de casa a todo nivel están respaldando en forma total este movimiento militar de liberación nacional, contra el hambre, la pobreza, la miseria, el sectarismo y los mercenarios del marxismo que estaban asesinando a nuestro pueblo.
La junta de Gobierno Militar llama a la población a mantener la calma y exhorta a todos los ciudadanos a permanecer en sus casas y lugares de trabajo, sin salir a las calles para evitar desgracias lamentables.”

El cerro San Cristóbal en su ladera este, para mi era desconocido y cuando ya le dejábamos atrás, una patrulla de Carabineros que estaba compuesta por seis uniformados nos detiene y nos ordena bajar del vehículo.
-Sus documentos señor. Y los documentos del vehículo.
-Sus cédulas de identidad.
-¿Hacia dónde se dirigen?
-Vamos hacia Quilicura.
-¿Y por qué toman esta ruta?
-Nos desvió una patrulla más atrás, unos cinco kilómetros.
-Abra la maleta del auto. Ustedes allá con las manos sobre la cabeza. La orden había que cumplirla nos apuntaban con dos fusiles automáticos
Hicieron sólo una inspección ocular pues comprenden que lo que llevamos es solamente bolsas con vestuario y cosas menores.
La agresividad de su tono es bastante evidente para hacernos una pregunta:
-¿Tienen algo que ver con la gente de más allá? Nos señala con su vista hacia el camino.
-Nosotros vamos a Quilicura, no somos de este sector.
-Pueden continuar, vayan con mucho cuidado, no les recomiendo seguir hacia  allá.
-Pero por el momento no hay alternativas.
-Circulen.

Nosotros los cuatro ocupantes del auto ya no teníamos mucho que comentar.
-Esta fecha es la que cambiará la historia de Chile-comentó nuestro conductor.
-Así es – afirme yo- Sin duda que estamos escribiendo la historia
-Espero que vivamos para contarla.
En la primera curva del camino, fuimos interceptados. Mucha gente pobre observaba, Era algo así como la entrada a uno de los campamentos, terrenos que en los meses anteriores los pobladores     se habían tomado para levantar sus frágiles viviendas.
Yo no lograba entender como es que estábamos allí.
Esta vez unos diez pobladores con trajes muy modestos se acercaron a la ventanilla y observaron el interior.
Era casi obvio que portaban armas porque nunca sacaron su mano del interior del pecho. Tenían la actitud típica de quien está armado.
-¿Para dónde van ustedes?
-Estamos buscando una salida hacia el norte, vamos a Quilicura.
-Raro que vengan por este camino.
-¿Llevan armamento?
-No amigo, somos trabajadores y sólo queremos llegar a la casa de nuestros padres.
-Deben ser de los fascistas que están con los milicos.
-Somos trabajadores textiles. Esto es una emergencia.
-Ah, y llevan mercadería escondida.
-No les queríamos decir pero estamos arrancando de los militares, por eso tomamos esta ruta. Si quiere revisamos la maleta.
A unas cuadras frente a nosotros apareció una patrulla militar y estacionó el vehículo a un costado. Del vehículo descendieron unos 10 soldados armados y miraban hacia nuestra posición.
-¡Váyanse a la mierda antes que los agarremos a balazos!
-Tranquilo compañero- le dije mientras poníamos el auto en marcha- Esos son los enemigos.
Logramos ganar sólo dos o tres cuadras y escuchamos la orden del oficial.
-¡Bajen todos del auto!
-¡Abajo, las manos en la nuca!
Asumo la orden pero solamente me quedo de rodillas. Es el mensaje para que todos hagamos lo mismo.
Con un gesto les ordena a los soldados que revisen el automóvil.
Los minutos son una eternidad. Seguramente desde lejos los pobladores observaban la escena.
Afortunadamente los soldados no son expertos en lo que hacen y a lo más desordenan nuestras ropas, al parecer buscan armas o propaganda.
-¿Por qué conversaban con ellos? – Pregunta enérgicamente el oficial. Ustedes no saben que tenemos orden de disparar.
-Ellos nos amenazaron y nos detuvieron, fue una suerte que apareciera esta patrulla.
-Teníamos mucho temor de que nos hicieran algo.
-Nunca hemos andado por acá, ni siquiera sabemos donde estamos.
-Buscamos el camino que nos lleve a Quilicura. Vamos para allá.
-¿Qué les dijeron ellos?-Inquirió el oficial algo más sereno
-Nos preguntaron si teníamos armas o mercaderías.
-¿Los amenazaron con armas?
- No, sólo se acercaron a la ventanilla y cuando vieron la patrulla como que se
 asustaron.
-Bien, rápido arriba, aléjense de aquí. Suban al vehículo.
Nuestro conductor está evidentemente muy nervioso y emprende la marcha.
Una ráfaga de metrallas a nuestras espaldas nos detiene la respiración.
-Vamos.

La ruta es interminable, es un callejón sin pavimento que circunda la última parte del cerro y que al parecer nos lleva hacia el poniente.
Por fin logro reconocer que estamos cerca de Recoleta pero más bien hacia la cordillera.
Al parecer hemos ido a dar un gran rodeo hacia Vitacura y ahora estamos tomando la ruta de regreso y atravesaremos Recoleta pero hacia el norte por caminos que no logramos identificar.
Al menos surge una ruta que está pavimentada.
Una patrulla de militares y soldados controla a los escasos vehículos que han tomado este sector. Hay dos autos antes de nosotros, pero los pasajeros no han descendido del vehículo.. Hemos recorrido cerca de 80 kilómetros.
La guardia con el fusil en posición, resguarda a los oficiales que hacen los controles.
-Sus documentos y la cédula de identidad.
-¿Hacia donde van?
-Vamos a Quilicura, estamos buscando una ruta hacia el norte. Nos desviaron hacia acá.
-Les queda poco tiempo. Les informo que justamente a esta hora se está iniciando el toque de queda. Nadie podrá seguir en circulación.
-Vayan con mucha precaución, porque todas las patrullas tienen orden de disparar.
-Abra la maleta por favor señor.
La inspección es rápida.
-Prosigan, adelante
Nosotros ya un tanto habituados al “trámite”, esta vez actuamos con mucho más calma sabiendo además que la patrulla sólo tenía intención de realizar un control.
El cielo continuaba amenazante y en la altura de la ciudad una brisa muy helada movía los arbustos en el camino. Iniciamos el descenso.
Los vehículos habían disminuido considerablemente lo mismo que las personas que circulaban aún por los senderos.
El camino nos condujo hacia la carretera panamericana  cerca de la localidad de Lampa y por fin pudimos tomar la ruta que esperábamos nos llevara directamente hacia Quilicura.
Por la carretera iban y venían camiones militares con sus faroles encendidos y con los soldados en señal de guardia.
La ciudad en sus suburbios había quedado vacía y la radio del auto que funcionaba con muchas interferencias seguía trasmitiendo marchas, música instrumental y los bandos de la nueva Junta de Gobierno:

“La junta de Gobierno Militar advierte a la población los siguientes puntos:
1. La Residencia Presidencial ubicada en Tomás Moro tuvo que ser bombardeada por ofrecer resistencia con personal del GAP a las Fuerzas Armadas y Carabineros.
2. Se advierte que a partir de este instante está absolutamente prohibida la presencia de grupos de personas en la calles.

Las personas más adelante nombradas deberán entregarse voluntariamente hasta las 16.30 horas, de hoy 11 de Septiembre de 1973 en el Ministerio de Defensa Nacional. La no presentación le significará que se ponen al margen de lo dispuesto por la Junta de Comandantes en jefe con las consecuencias fáciles de prever.
Carmen Gloria Aguayo, Carlos Altamirano Orrego, Clodomiro Almeyda Medina, Laura Allende Gossen, Jorge Arrate Mc Millen, Bladimir Arellano, Pascual Barraza Barraza, Orlando Budnevich Brown, David Baytelmann Silva, Míreya Baltra Moreno, María Carrera Villavicencio, Julíeta Campusano Chávez, Luis Corvalán Lepe, Bladimír Chávez Rodríguez, Jacques Chonchol Chaid, Manuel Cavieses Donoso, Jaime Concha Lois, Naún Castro Henríquez….”



 Ante nuestros ojos el “cruce “de la Panamericana, que nos ponía en enlace con la Calle Matta.

No había  ya vehículos en circulación o la menos muy pocos.
En algunos hogares se había izado la bandera de Chile y en algunos espacios abiertos de una forma ingenua e inocente algunos niños jugaban con volantines.
Al avanzar hacia la calle Arturo Prat, frente al fundo “La chacarilla”, se adelanta una guardia de carabineros que junto a una patrullera y un automóvil, nos indica que debemos detenernos.
En Quilicura, en el año 1973, existía sólo un retén con una dotación de no más de 10 uniformados, tal vez menos.
El retén estaba ubicado junto a la plaza a un costado del edificio municipal.
Nunca hubo grandes situaciones delictuales puesto que los quilicuranos que aún conservaban sus costumbres y tradiciones eran gente muy tranquila y amantes de la paz. La paz constituía un cierto orgullo para todos nosotros, la quietud de la aldea era algo que nos hacía sentirnos auto protegidos y no era dificultad para nadie transitar por las calles hasta altas horas de la noche.
La cantidad de vehículos era muy menor por lo que los niños tomaban las calles como espacios casi normales, donde jugaban “pichangas” y era habitual ver grupos de pequeños que gritaban jugando a las “escondidas”.
 La comunidad y sus vecinos se conocían y existía un gran respeto por todos. Era pintoresco que aún quedaban en los caminos carretones, caballos y jinetes y por lo tanto todo esto hacía más autentica la convivencia en armonía.
Los vecinos por esta razón utilizaban las calles como vereda y era normal que todos camináramos sin problemas por las calles solitarias.
Este retén de carabineros realizaba más bien un trabajo de tipo administrativo y colaboraba con los vecinos en problemas de comunicación y salud. Nunca existió la represión porque las gentes eran respetuosas de su función y de una forma u otra eran la real autoridad del pueblo.
Convivíamos en paz.
El personal del retén era reconocido por todos y a su vez los uniformados de verde conocían perfectamente a los vecinos.
La patrulla que conformaban cuatro miembros, más los que estaban atestados al volante de los vehículos, nos señalaron que estacionáramos nuestro auto junto a la vereda.
Obviamente que me conocían.
 Yo era profesor de la Escuela de la población y había compartido con ellos en encuentros y ceremonias.
El Sargento que dirigía la maniobra viva a un costado de la Escuela 386.
 Muchas veces yo había compartido la mesa junto a él y su esposa. Su esposa a media cuadra del establecimiento preparaba el almuerzo para los profesores y allí concurrían los colegas  en la hora de la colación. La sobremesa se compartía y se extendía muchos minutos.
Nos conocíamos muy bien. A  tal extremo que la última vez que estuve allí discutimos  algunos aspectos de la política social y la situación del país.
Casi sonriendo expresó:
-Señores su documentación
-Bajen todos del vehículo y se ordenan acá a hacia la pared.
-¿Por qué andan circulando en las horas del toque de queda?
-Venimos desde la Reina y hemos sido desviados varias veces. Debiéramos haber llegado hace dos horas. Nos dirigimos hacia la población.
-¿Qué población?
Su trato fue muy rudo, muy agresivo. El dialogo se produjo con constantes amenazas.
-Señores  o acá acatan las órdenes o se les envía al calabazo. Pero advierto que del calabozo los sacaremos muy pronto y no para felicitarlos.
-Espero que sen cuenta de lo que está pasando en el país. Se acabó el libertinaje señores.
Era notorio que disfrutaba del momento y que quería establecer el poder que significaba estar flanqueado por fusiles.
El control fue más extenso que los anteriores y caímos en cuenta que se trataba de una provocación para que de uno de nosotros reaccionara.
Afortunadamente no caímos en la trampa y sin haber programado ninguna estrategia, optamos por el silencio.
Nos dejo marchar no sin antes agregar.
-Si nos encontramos de nuevo serán detenidos y procesados. Retírense de acá.


Estábamos en nuestra comuna, meses antes éramos cómplices de la quietud de la aldea  y sin embargo el trato que nos dio el sargento fue al extremo humillante y violento.
Seguimos en silencio y por fin nos encontramos en el pasaje Sucre de la población María Ruiz Tagle de Frei.
La población había sido construida el año 1968 y correspondía a un programa del Gobierno de Don Eduardo Frei Montalva.
En efecto a fines de los años sesenta se instauró a nueva política para ayudar a los sectores más necesitados  y desposeídos de  vivienda. No podía ser de otra forma.
Al término de la década, sin duda que la necesidad de vivienda era una de las prioridades de cualquier política social. Las condiciones de miseria y de desamparo se acentuaban en los sectores periféricos de la ciudad y el estado de la gente más pobre era dramático.
Fue así como surgió la “operación sitio”, una suerte de cooperativa popular que posibilitó que mucha gente de lo más vulnerable de la sociedad tuviese acceso a una vivienda propia.
En estas condiciones, unas 300  familias en los terrenos del antiguo y extenso Fundo de “Lo Echevers” formaron la nueva población.
Y esta población fue reconocida como María Ruiz Tagle de Frei.
Pasada la media tarde estábamos por fin en casa.

Nos despedimos de nuestro amable conductor pensando que su suerte sería diferente en el viaje de regreso. De hecho su ruta sería mucho más directa.
Entre abrazos y risas nerviosas fuimos recibidos en el rincón de aquel pasaje. La familia estaba reunida y se comentaban los hechos que acontecían aquel histórico día.
Era evidente la alegría de tenernos allí.
Recién en ese momento, mi cuñada nos revela que su jefe porta un maletín con mucho dinero. Son billetes. Correspondía a los sueldos de los operarios y pasó inadvertido en los controles.
Otra hubiese sido nuestra suerte si alguien lo descubre.
La televisión tenía una programación improvisada sin continuidad. La radio y la TV estaban en manos de las FFAA. Todo estaba intervenido.
En Chile la TV sólo tenía cuatro canales y esta vez estaba reducido a una interminable cadena que no tenía ninguna programación. La televisión transmitía latamente dibujos animados y películas antiguas. Si aparecía alguna escena no apta para ese día era eliminada inmediatamente. Así había sido durante todo el día.
Un golpe de estado se había producido en el país y había de este modo alterado una larga historia de sucesión de gobiernos elegidos democráticamente. Sin embargo habían transcurrido varias horas del hecho y aún nadie sabía quienes se auto proclamaban como gobierno de Chile. Todo era incierto y confuso.
En las calles de la población los niños jugaban y corrían alegremente por los pasajes. Era todo muy similar a los días de vacaciones de fiestas patrias.
Las patrulleras y las armas no se hacían presentes aún en estos barrios.
La tarde parecía muy tranquila.
Los bandos continuaban bajo graves amenazas para quienes no acataran las resoluciones.

Sin embargo no era posible que yo estuviese así.
La patria, el gobierno y nuestra revolución caían a pedazos, tantos dirigentes y “compañeros “a esa misma hora estarían sufriendo la represión y el arbitrio, los bandos de la radio venían con una gran dosis de odio y venganza dirigidos a los supuestos enemigos de la patria y de Chile.
Éramos nosotros.
Éramos descritos casi como discípulos del diablo y era algo que desde esa pequeña casa de la población yo no podía contrarrestar. El poder de las comunicaciones se hacía sentir con todo el rigor.
La fuerza del poder y de las armas a esa hora nos tenía a todos dispersos.
Ya estábamos en un lugar seguro, por lo tanto era la hora de intentar algo.

QUINTA PARTE


Cinco “extremistas”, la resistencia en  Quilicura


Unas pequeñas gotas de lluvia caían, cuando sentado sobre una vieja bicicleta tomaba rumbo hacia la Villa Gildemeister. Las calles estaban desiertas no obstante que el recorrido lo hacía burlando la calle principal donde, con toda seguridad estaban aún las patrulleras.
En la Villa Gildemeister,  seguramente me encontraría con unos  hermanos que muchas veces habíamos coincidido en las distintas manifestaciones populares.
No demoré mucho en llegar a la Villa.
Algunas personas sonrieron al verme sobre la bicicleta. No era común que yo usara bicicleta, menos aún para la gente que sabía que yo era profesor y que tenía un buen aspecto de señor..
La Villa Gildemeister  ubicada a la entrada de la comuna, estaba formada por familias de trabajadores que venían desde Cerro Blanco y que comenzaron a instalarse acá desde mediados de la década del sesenta. Fue un frescor que invadió a la comuna que ya parecía dormirse en su monotonía y quietud. Eran personas diferentes a las que todos nosotros los quilicuranos conocíamos. Les admirábamos y les odiábamos.
 Eran una novedad en todo sentido.
Ya sus casas, tenían un tipo de construcción diferente a las casas de adobe que formaban nuestros barrios. Eran matrimonios jóvenes que le cambiarían el rostro a todo. Y junto a las familias llegaron muchos adolescentes.
Les llamábamos “los villanos” y como suele ocurrir nos mezclamos con su cultura. Ellos visitaban “el pueblo” y nosotros visitábamos “la villa”.
En la Villa surgían distintas manifestaciones sociales, políticas, culturales y deportivas. Era un aire nuevo para este pueblo provinciano que sólo se alteraba en el mes de septiembre. Seguramente por eso, en un principio sólo les vimos como forasteros e invasores, pero caminando con la historia nos fuimos adaptando a esta convivencia.

La tarde caía y yo entraba por la parte posterior a la última casa de la villa.
Un saludo y un abrazo. ¡Qué bueno estar entre compañeros de ideales similares!
En ocasiones las palabras sobran. Ellos y yo sabíamos lo que pasaba y también sabíamos lo que haríamos.
Preparamos la camioneta y partimos. Sólo íbamos cinco jóvenes.
Ellos pertenecían a las juventudes comunistas y sabían que yo había ingresado a las filas del MAPU. Habíamos trabajado en conjunto en un programa de alfabetización y más que nada nos habíamos visto muchas veces en encuentros artísticos. Eran músicos y cantaban lo que la gente en esos años denominaba como “canciones de protesta”. Canto nuevo y popular.
En el verano del año 1971 yo había emprendido una gran aventura. Conformé el grupo OCARQUIL y realizamos el más grande festival de la canción de Quilicura. La comuna tenía una Alcaldesa de derecha a quien tuve que engañar para conseguir su autorización. Cuando quiso reaccionar ya Quilicura estaba repleto de publicidad e íbamos de un lado a otro rompiendo el silencio de la comuna con los equipos que nos facilitó la misma  Municipalidad.
 Pintamos todas las paredes con el slogan “Una canción para el verano”.
La noche del festival el estadio municipal se repletó y todos los políticos de la época buscaban al organizador, a ver si era posible aprovechar esa magnífica oportunidad para que la gente les escuchara. Yo estaba en medio de ellos y nunca se enteraron.
Allí cantó entre otros, el grupo de la Villa Gildemeister.
Estos eran mis amigos.
Al finalizar la presentación en esa noche de febrero, saludaron al público con los puños en alto.
La Alcaldesa que me tenía entre ojos desde la campaña del 70, jamás me perdonó que hubiésemos convertido a Quilicura en un gran escenario de participación y verdad.
Yo era militante del Mapu que tenía algunos partidarios en la Comuna. Nos veíamos de vez en cuando porque más que nada éramos gente de trabajo y de acción.

En alguna ocasión nos trasladamos al teatro Independencia y a otros lugares donde la fuerza de nuestro grito era impresionante:
¡Tírame la M...!
¡Tírame una A..! ¡Enchúfale la P! ¡Termina con la U! ¿Cómo dice? ¡MAPU!
No se escucha ¡MAPU! ¡Con más fuerza! ¡MAPU!
Solíamos llevar las banderas verdes con una estrella roja en el centro y realizamos varias convocatorias en Quilicura. En las noches pintábamos consignas en los muros sin que la gente nos identificara. Nuestra opción era resaltar los logros y avances del gobierno de Allende.
En los años setenta los partidos de izquierda en Quilicura no tenían una orgánica propia, más bien el nivel central que estaba en la capital era el que propiciaba el trabajo.
Nosotros teníamos una “política de cuadros”.Así la llamaban nuestros dirigentes.
Todo estaba centralizado en las sedes de Santiago y la comuna en general no tenía una organización propia. Estábamos conectados de una manera muy simple sin tener mayor orgánica que el mensaje de persona a persona.
De hecho, era normal que con alguna frecuencia, el partido desplegara una pequeña campaña para que sus militantes visitaran la comuna. Era entonces cuando desplegábamos las banderas y las consignas.
Los partidos de izquierda actuaban de este modo.
Y en Quilicura todos nos conocíamos y nos respetábamos en nuestras posiciones políticas. La unidad popular no tenía por decirlo de algún modo una sede política y menos una directiva comunal. Los más jóvenes sólo teníamos como meta, el triunfo de la revolución. No estaba en nuestras mentes ni el poder ni la ambición por destacar o hacer carrera política. Lejos de nosotros todo aquello. Se trataba más bien de sueños e ideales sociales.

Unas gotas de lluvia caían sobre nosotros y el atardecer se hacía ya latente; esta vez no llevamos banderas porque nuestro propósito era ver la reacción del pueblo y si en algún sector se producían algunas manifestaciones.
De momento todo era dispersión.
Naturalmente luego de recorrer la comuna sigilosamente no encontramos a nadie. Y nadie tampoco nos vio.
En Quilicura la resistencia al golpe militar la constituían cinco jóvenes absolutamente desarmados y desprotegidos que temerosos sintieron como la decepción les inundaba sus espíritus. Éramos según decía la TV, los “extremistas”
La desesperanza y el desconcierto me llevaron a escribir temerosamente, en una pared de adobes la frase que borró la lluvia días más tarde:
“Allende no ha muerto”

Era ya de noche cuando regresé al pasaje de la población.
La televisión emitía en blanco y negro las imágenes de lo sucedido durante el día.
Allende se había suicidado.
Para los periodistas lo más significativo de todo era el bombardeo de la Moneda que con gran precisión habían realizado los pilotos de los aviones Hawker hunter.  Junto a estos “héroes del aire”, por fin los chilenos conocimos el rostro y la figura de quienes eran nuestros salvadores y opresores.



“En la Escuela Militar se realizó esta tarde la ceremonia de juramento de la honorable Junta Militar que ha asumido el mando y el control de nuestra patria. El juramento se realizó pasadas las 18.00 horas… “
-…¿Juráis por Dios y por la patria y por la justicia cumplir y hacer cumplir los postulados del acta de constitución de la junta con toda la energía de vuestro amor por Chile?
Y las imágenes mostraban como uno a uno los integrantes de la Junta Militar expresaban un emocionado-Si juro.
Luego cada uno de ellos sintetizó en breves palabras su visión histórica de lo que sucedía en Chile.
El Comandante en Jefe de la Fuerza área de Chile, General del aire Gustavo Leigh Guzmán con una gran dosis de odio expresó:
-Tenemos la certeza, la seguridad de que la enorme mayoría del pueblo Chileno está con nosotros, está dispuesto a luchar contra el cáncer del Marxismo, está dispuesto a extirparlo hasta las últimas consecuencias”


El país quedó en estado de sitio con un régimen excepcional de tiempo de Guerra y el toque de queda no sería levantado hasta nuevo aviso.
Las calles de Chile quedaron vacías en manos de los militares.
Mis ojos  se resistían a creer lo que veían.

Mi mente y mis pensamientos viajaron en búsqueda de mis compañeros de la Escuela Experimental Artística, a mis compañeros de la Escuela Normal José Abelardo Núñez porque fue precisamente allí donde se forjó mi carácter socio político.
Tal vez ellos, al igual que ayer tendrían una respuesta a todo lo que ocurría en Chile. O tal vez estaban en la misma confusión que miles de chilenos que habíamos abierto la conciencia hacia lo que era la justicia social.
Una película cruel se sucedió en mis pensamientos, mi infancia, mis padres los fusiles del mediodía, las muertes que traía el rumor de la brisa, mis pinturas en el edificio Gabriela Mistral y el inexplicable desenlace de la revolución chilena.
Esa noche, en el secreto de la pequeña pieza de madera, en el rincón de la población, en la oscuridad de aquel hogar humilde, aquel día del mes de septiembre que había terminado, lloré y sofoqué mi llanto muchas veces.
A lo lejos el ruido permanente de un helicóptero y a intervalos las descargas de las metralletas.
Todo era una pesadilla. Tal vez lo fuera y terminara con las luces del amanecer.
Tal vez era solo eso.
Sin embargo, la pesadilla duraría 5.840 noches.




Compañeros de la EEEA 1967








Escuela Normal 1969