6 sept. 2012

TERCERA PARTE




Una pequeñita radio a transistores conecta con la historia.


Un cúmulo de ideas e inquietudes pasaron por mi mente. La situación no podía ser del todo grave, era mejor confirmar por mi mismo lo que estaba ocurriendo.
El bus que me llevaba de regreso se completó antes de salir de Quilicura. La mayoría de los pasajeros eran las mismas personas que habían venido anteriormente.
Todos iban en silencio contemplando el paisaje y el ambiente que adquiría tonalidades oscuras. Cada uno meditando en lo suyo. Yo meditando en todo lo que habíamos hecho por instaurar un gobierno de izquierda que al parecer ahora estaba muy amenazado.
En la carretera ya se presenciaba algo fuera de lo común.
Los vehículos transitaban a gran velocidad en una y otra vía. En el año 1973 la carretera panamericana sólo tenía dos vías. No era difícil percibir que la inquietud se apropiaba de la gente.
Muchos obreros subieron al bus y comentaban sigilosamente  que “parece que está quedando la cagada”.
Uno de los pasajeros llevaba una radio portátil de transistores. Nadie dijo nada pero el silencio del trayecto indicaba que todos queríamos tener alguna noticia. Y esa pequeña radio nos conectaba con la historia.
Serían cerca de la diez.
La voz de Salvador Allende se escuchaba con muchas interferencias. En ese momento nadie sabía que estaba escuchando en directo el discurso más trascendente de las últimas décadas. Ninguno de nosotros sabíamos que participábamos de la historia y que éramos protagonistas de uno de los acontecimientos que marcaron para siempre la historia de Chile.
Las palabras del Presidente se escuchaban y el ruido del motor del bus estaba en complicidad con los que arremetían contra las centrales de transmisión.
Cinco o seis minutos son los que el bus demoraba entre la calle 14 de la Fama y el puente Bulnes. Las sesenta o noventa personas que hacíamos el recorrido, con seguridad que jamás olvidaron aquel momento:


 “…Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.
Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unidos a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara el general Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.
Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la abuela que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la Patria, a los profesionales patriotas que siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clases para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos.
Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente; en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las vías férreas, destruyendo lo oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará.
Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz ya no llegará a ustedes. No importa. La seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la Patria…”

El bus se detuvo frente la Hirmas, que era una de las emblemáticas industrias textiles y desde allí podíamos observar como los trabajadores parecían como un sólido bloque custodiando la entrada de la Empresa. Al parecer temían que gente extraña ingresara al recinto o tal vez tenían la intención de mantener la industria “tomada”.
Yo había estado allí con ocasión de la inauguración de una planta y la empresa se denominó como “emastra” que significaba “en manos de sus trabajadores”
El bus llegaba rápidamente a Mapocho donde terminaba el recorrido.
Me invadía una gran preocupación, una inmensa soledad y el deseo de que aquello se revirtiera.
Entonces me dirigí hacia el centro de Santiago y me daba cuenta de que no era el único. Tal vez muchos que llevaban impregnado el sello de la lucha social llevábamos una ruta similar, incierta pero decidida.
Al menos una docena de personas seguía mis pasos.
Nos reuniríamos en la Plaza de la Constitución como había ocurrido hacía sólo tres meses, el 29 de junio.
Pero esta vez, el centro de Santiago estaba sitiado.

Patrullas de 10 soldados caminaban con sus rifles al hombro, sin seguro, apuntando hacia el cielo en decidido ademán de disparar.
Cada dos cuadras aparecía un pelotón de soldados con uniforme de combate que entre gritos y risotadas persuadía a los transeúntes que abandonaran la zona.
No muy lejos se escuchaban ráfagas de metralla, gritos y sirenas. Nosotros apresuramos el paso por calle Bandera hacia la Alameda.
Con los edificios céntricos los ruidos y los disparos se multiplicaban. Algunas personas corrían desesperadamente.
¡Calma, calma! –Grité- ¡Vayan con calma...!
Cerca de la calle Moneda se habían instalado algunos tanques. Tal vez cinco o seis.
Llegar a la Moneda, a la plaza de la Constitución  era imposible.
A una cuadra de distancia los soldados habían detenido un grupo de personas que los mantenían en el suelo.
¡Qué nadie se mueva!- Gritaba un oficial.
También corrían algunos fotógrafos y camarógrafos.
Un escalofrío se apoderó de mi, más allá varias mujeres cubrían un cuerpo con hojas de periódico, señal de que alguien había sido abatido.

De pronto me encontré sólo en medio de metrallas, gritos y humo. El día se oscureció.
Tenía que salir de allí.
Me encaminé hacia la Alameda activando mis pupilas y mis oídos.
Miles de papeles caían desde los edificios.
Y casi sin darme cuenta, de pronto una “micro” me llevaba por la calle Irarrázaval hacia el sector de la Reina.
La calle Irarrázaval era una ruta interminable y esta mañana cientos de personas repletaban las “micros” y muchos otros caminaban apresuradamente sin voltear la vista por ambos costados de la vía.
Al llegar al supermercado “Portofino” la presencia de gente era aún mayor. Una muchedumbre cubría la entrada y el sitio de los estacionamientos y cada cual luchaba por obtener cualquier alimento. El espectáculo era conmovedor.
El “Portofino” nos señalaba que la plaza Egaña estaba a unos minutos.

En la calle Larraín, “la cola” para comprar el pan era ya mucho menor.
La casa de la calle Guemes estaba quieta y silenciosa. El gris de cielo se había mantenido.
Mi esposa, seguramente aún dormía. Realizaba un arduo trabajo durante la semana y ese día  martes, durante la mañana descansaría permaneciendo en casa. Supuestamente yo regresaría por la tarde, casi al anochecer.
Con seguridad no tenía informaciones. Nosotros no teníamos ni radio ni televisión. La música que ambientaba las tardes de los domingos provenía de un tocadiscos monofónico en el que escuchábamos los intérpretes de aquellos días. Eran esos gruesos discos de vinilo, llamados long play  que se escuchaban en 33 revoluciones. Lo más escuchado eran los cantantes populares Raphael, Adamo, Sandro, la música de Elvis Presley, Juan Manuel Serrat y the Beatles. Terminaba por entonces el imperio de la llamada “nueva ola “Chilena.
Serían probablemente algo más de las once de la mañana, cuando algo sorprendida y confundida me preguntó:
-¿Qué te pasó?
-No, nada.
-¿No hubo clases?
-Las noticias son muy alarmantes, es lo que nos temíamos, hay un golpe de estado en Chile. Acabo de escuchar a Allende que se despedía de la gente.
Al parecer están bombardeando la ciudad. Todo está muy alterado. Mucha gente corriendo por las calles.
-¿Y hay locomoción?
- Yo no tuve grandes problemas para llegar, pero seguramente retirarán los buses.
-Ya me parecía extraño. La gente acá abajo hacía muchos comentarios sobre los militares pero no entendía nada.
-Pasé por el centro, es un caos, militares por todos lados y muchos disparos. Parece que todo es muy grave. Era lo que nos temíamos. Las fuerzas armadas están en la calle.
Y nadie se atreve a hacer nada.
- No crees que es mejor que nos vamos a Quilicura. Nuestra familia estará preocupada.
- No creo, a esta hora ya es muy riesgoso.
Es en este momento que suena el teléfono ubicado junto a la escala en el gran hall que tenía nuestra casa.
Nos miramos sorprendidos e inquietos.
No era usual una llamada a esa hora pero en estos casos la gente siempre intenta comunicarse con alguien.
En Quilicura nuestras familias no disponían de teléfono.
-Aló. ¡ Hola..!
-Si, está acá, acaba de llegar
-Si, me contó algo, de eso hablábamos, está muy nervioso y asustado.
-Ah. Justamente era nuestra intención, pensamos irnos a Quilicura.
-Ya, ya, si que bueno.
-Estaremos listos, no tenemos ningún problema.
-Bueno esperamos acá. Que tome Irarrázaval, es lo más directo. Nosotros esperamos 
  Listos para partir.
El nerviosismo se apoderó de inmediato de mi esposa.
Vendrían por nosotros y nos llevarían hacia Quilicura.

La casa nuestra tenía unas piezas al fondo del jardín que era habitada por el cuidador y su anciana madre.
Allí en una pequeña radio escuchamos lo que acontecía. Era todo alarmante
La voz del oficial del ejército repetía el bando número uno:
“Teniendo presente:
La gravísima crisis económica, social y moral que está destruyendo el país;
La incapacidad del Gobierno para adoptar las medidas que permitan detener el proceso y desarrollo del caso; el constante incremento de los grupos armados paramilitares, organizados y entrenados por los partidos políticos de la Unidad Popular que llevarán al pueblo de Chile a una inevitable guerra civil, las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile declaran:
 Que el señor Presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su alto cargo a las Fuerzas Armadas y Carabineros de Chile.
 Que las Fuerzas Armadas y el Cuerpo de Carabineros de Chile están unidos, para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la Patria del yugo marxista, y la restauración del orden y de la institucionalidad. Los trabajadores de Chile pueden tener la seguridad de que las conquistas económicas y sociales que han alcanzado hasta la fecha no sufrirán modificaciones en lo fundamental.
 La prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre.
El pueblo de Santiago debe permanecer en sus casas a fin de evitar víctimas inocentes.”


La voz y el mensaje eran imperativos con las evidentes imperfecciones técnicas de retransmitir el mensaje a través del teléfono.
No había ninguna posibilidad de sintonizar algo diferente, era la única voz que se escuchaba.
Las radios fueron rápidamente acalladas. Era evidente que los militares ya se habían tomado el poder.
Los llamados “bandos militares” que no estaban contemplados en la Constitución Chilena y que además venían con las penas impuestas se sucedían uno tras otro y se repitieron durante todo el día martes 11.
Las órdenes eran impartidas como si el gran país de Chile fuera una tropa.
El pánico se apoderó de todos.
Al fondo de nuestra casa, en un pequeño cuarto, las informaciones de la radio que había sido tomada por la Junta Militar retransmitían una y otra vez:

El Palacio de La Moneda deberá ser evacuado desde las 11.00 horas. De lo contrario, será atacado por la Fuerza Aérea de Chile. Los trabajadores deberán permanecer en sus sitios de trabajo, quedándoles terminantemente prohibido abandonarlos. En caso de que así lo hicieren, serán atacados por fuerzas de Tierra y Aire. Se reitera lo expresado en el Bando N'1 en el que se advierte de que cualquier acto de sabotaje será sancionado en la forma más drástica en el lugar mismo de los hechos”.

Este era el mensaje que transmitía la radio en las horas del mediodía.

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