6 sept. 2012

CUARTA PARTE



Un accidentado y peligroso regreso a Quilicura.


El vehículo que venía por nosotros, tomó Vicuña Mackenna y enfiló por Irarrázaval hacia el oriente. El tráfico ya era muy escaso. No demoró más de media hora en llamar a nuestra casa.
En el auto estaba mi cuñada y su jefe. Pertenecían a una fábrica de confecciones femeninas y sabiendo que nos encontraríamos absolutamente desprotegidos, ella había llamado para trasladarnos hacia Quilicura.
Eso fue providencial.
Salimos de inmediato y en mi interior pensé que tal vez no volveríamos nunca más allí.
Tomamos sólo lo necesario y escasas mercaderías aceite, detergente, fideos, té, algo de harina. Partimos raudamente hacia Quilicura.
Pero nuestro eventual conductor cometió un error.
Nuestro viaje debía tomar hacia el   poniente, Quilicura se encuentra al nor poniente de Santiago y la ruta más rápida era zigzaguear por la capital.
Pero nuestro automóvil Fiat 125 de color blanco, inició su recorrido por Avenida Ossa,  en Dirección hacia el cerro San Cristóbal.
Nos fiamos de él, nosotros solamente conocíamos los recorridos de “las micros”.
Era más del mediodía y la radio indicaba que conforme a lo que se había predicho aviones de la fuerza área de chile procedían a bombardear  la casa de la Moneda.

La gente corría por las calles y los pocos vehículos que circulaban lo hacían a gran velocidad. Santiago ya quedaba desierto y por todos lados se divisaban los vehículos militares y la presencia de uniformados utilizando una huincha de color blanco en el brazo izquierdo.
Yo perdí la ubicación geográfica y sólo sabía que teníamos a la vista la cumbre del cerro San Cristóbal. Helicópteros y aviones zumbaban en el aire y ráfagas de metralla se escuchaban constantemente.
En algunas esquinas eran detenidas algunas personas  o al menos interceptadas  por las patrullas.
Una de estas patrullas nos sacó de la ruta y enérgicamente nos indicó con señales que debíamos ir hacia la cordillera.
Nuestro conductor mencionó que la calle solitaria que tomamos no la conocía pero que iríamos hacia el norte bordeando la ladera del cerro. La radio continuaba emitiendo comunicados.
Viajamos varios kilómetros

“Las fuerzas  Armadas y el Cuerpo de Carabineros, reitera al pueblo de Chile la absoluta unidad de sus mandos y tropas y su decisión inquebrantada de luchar hasta las últimas consecuencias para derrocar al Gobierno marxista.
Se reitera una vez más que la lucha no es contra el pueblo de Chile, sino que en defensa de ese pueblo que ama la libertad. En defensa de la mayoría absoluta que repudia el marxismo.
 Esta mayoría multitudinaria de obreros, empleados, profesionales, estudiantes y amas de casa a todo nivel están respaldando en forma total este movimiento militar de liberación nacional, contra el hambre, la pobreza, la miseria, el sectarismo y los mercenarios del marxismo que estaban asesinando a nuestro pueblo.
La junta de Gobierno Militar llama a la población a mantener la calma y exhorta a todos los ciudadanos a permanecer en sus casas y lugares de trabajo, sin salir a las calles para evitar desgracias lamentables.”

El cerro San Cristóbal en su ladera este, para mi era desconocido y cuando ya le dejábamos atrás, una patrulla de Carabineros que estaba compuesta por seis uniformados nos detiene y nos ordena bajar del vehículo.
-Sus documentos señor. Y los documentos del vehículo.
-Sus cédulas de identidad.
-¿Hacia dónde se dirigen?
-Vamos hacia Quilicura.
-¿Y por qué toman esta ruta?
-Nos desvió una patrulla más atrás, unos cinco kilómetros.
-Abra la maleta del auto. Ustedes allá con las manos sobre la cabeza. La orden había que cumplirla nos apuntaban con dos fusiles automáticos
Hicieron sólo una inspección ocular pues comprenden que lo que llevamos es solamente bolsas con vestuario y cosas menores.
La agresividad de su tono es bastante evidente para hacernos una pregunta:
-¿Tienen algo que ver con la gente de más allá? Nos señala con su vista hacia el camino.
-Nosotros vamos a Quilicura, no somos de este sector.
-Pueden continuar, vayan con mucho cuidado, no les recomiendo seguir hacia  allá.
-Pero por el momento no hay alternativas.
-Circulen.

Nosotros los cuatro ocupantes del auto ya no teníamos mucho que comentar.
-Esta fecha es la que cambiará la historia de Chile-comentó nuestro conductor.
-Así es – afirme yo- Sin duda que estamos escribiendo la historia
-Espero que vivamos para contarla.
En la primera curva del camino, fuimos interceptados. Mucha gente pobre observaba, Era algo así como la entrada a uno de los campamentos, terrenos que en los meses anteriores los pobladores     se habían tomado para levantar sus frágiles viviendas.
Yo no lograba entender como es que estábamos allí.
Esta vez unos diez pobladores con trajes muy modestos se acercaron a la ventanilla y observaron el interior.
Era casi obvio que portaban armas porque nunca sacaron su mano del interior del pecho. Tenían la actitud típica de quien está armado.
-¿Para dónde van ustedes?
-Estamos buscando una salida hacia el norte, vamos a Quilicura.
-Raro que vengan por este camino.
-¿Llevan armamento?
-No amigo, somos trabajadores y sólo queremos llegar a la casa de nuestros padres.
-Deben ser de los fascistas que están con los milicos.
-Somos trabajadores textiles. Esto es una emergencia.
-Ah, y llevan mercadería escondida.
-No les queríamos decir pero estamos arrancando de los militares, por eso tomamos esta ruta. Si quiere revisamos la maleta.
A unas cuadras frente a nosotros apareció una patrulla militar y estacionó el vehículo a un costado. Del vehículo descendieron unos 10 soldados armados y miraban hacia nuestra posición.
-¡Váyanse a la mierda antes que los agarremos a balazos!
-Tranquilo compañero- le dije mientras poníamos el auto en marcha- Esos son los enemigos.
Logramos ganar sólo dos o tres cuadras y escuchamos la orden del oficial.
-¡Bajen todos del auto!
-¡Abajo, las manos en la nuca!
Asumo la orden pero solamente me quedo de rodillas. Es el mensaje para que todos hagamos lo mismo.
Con un gesto les ordena a los soldados que revisen el automóvil.
Los minutos son una eternidad. Seguramente desde lejos los pobladores observaban la escena.
Afortunadamente los soldados no son expertos en lo que hacen y a lo más desordenan nuestras ropas, al parecer buscan armas o propaganda.
-¿Por qué conversaban con ellos? – Pregunta enérgicamente el oficial. Ustedes no saben que tenemos orden de disparar.
-Ellos nos amenazaron y nos detuvieron, fue una suerte que apareciera esta patrulla.
-Teníamos mucho temor de que nos hicieran algo.
-Nunca hemos andado por acá, ni siquiera sabemos donde estamos.
-Buscamos el camino que nos lleve a Quilicura. Vamos para allá.
-¿Qué les dijeron ellos?-Inquirió el oficial algo más sereno
-Nos preguntaron si teníamos armas o mercaderías.
-¿Los amenazaron con armas?
- No, sólo se acercaron a la ventanilla y cuando vieron la patrulla como que se
 asustaron.
-Bien, rápido arriba, aléjense de aquí. Suban al vehículo.
Nuestro conductor está evidentemente muy nervioso y emprende la marcha.
Una ráfaga de metrallas a nuestras espaldas nos detiene la respiración.
-Vamos.

La ruta es interminable, es un callejón sin pavimento que circunda la última parte del cerro y que al parecer nos lleva hacia el poniente.
Por fin logro reconocer que estamos cerca de Recoleta pero más bien hacia la cordillera.
Al parecer hemos ido a dar un gran rodeo hacia Vitacura y ahora estamos tomando la ruta de regreso y atravesaremos Recoleta pero hacia el norte por caminos que no logramos identificar.
Al menos surge una ruta que está pavimentada.
Una patrulla de militares y soldados controla a los escasos vehículos que han tomado este sector. Hay dos autos antes de nosotros, pero los pasajeros no han descendido del vehículo.. Hemos recorrido cerca de 80 kilómetros.
La guardia con el fusil en posición, resguarda a los oficiales que hacen los controles.
-Sus documentos y la cédula de identidad.
-¿Hacia donde van?
-Vamos a Quilicura, estamos buscando una ruta hacia el norte. Nos desviaron hacia acá.
-Les queda poco tiempo. Les informo que justamente a esta hora se está iniciando el toque de queda. Nadie podrá seguir en circulación.
-Vayan con mucha precaución, porque todas las patrullas tienen orden de disparar.
-Abra la maleta por favor señor.
La inspección es rápida.
-Prosigan, adelante
Nosotros ya un tanto habituados al “trámite”, esta vez actuamos con mucho más calma sabiendo además que la patrulla sólo tenía intención de realizar un control.
El cielo continuaba amenazante y en la altura de la ciudad una brisa muy helada movía los arbustos en el camino. Iniciamos el descenso.
Los vehículos habían disminuido considerablemente lo mismo que las personas que circulaban aún por los senderos.
El camino nos condujo hacia la carretera panamericana  cerca de la localidad de Lampa y por fin pudimos tomar la ruta que esperábamos nos llevara directamente hacia Quilicura.
Por la carretera iban y venían camiones militares con sus faroles encendidos y con los soldados en señal de guardia.
La ciudad en sus suburbios había quedado vacía y la radio del auto que funcionaba con muchas interferencias seguía trasmitiendo marchas, música instrumental y los bandos de la nueva Junta de Gobierno:

“La junta de Gobierno Militar advierte a la población los siguientes puntos:
1. La Residencia Presidencial ubicada en Tomás Moro tuvo que ser bombardeada por ofrecer resistencia con personal del GAP a las Fuerzas Armadas y Carabineros.
2. Se advierte que a partir de este instante está absolutamente prohibida la presencia de grupos de personas en la calles.

Las personas más adelante nombradas deberán entregarse voluntariamente hasta las 16.30 horas, de hoy 11 de Septiembre de 1973 en el Ministerio de Defensa Nacional. La no presentación le significará que se ponen al margen de lo dispuesto por la Junta de Comandantes en jefe con las consecuencias fáciles de prever.
Carmen Gloria Aguayo, Carlos Altamirano Orrego, Clodomiro Almeyda Medina, Laura Allende Gossen, Jorge Arrate Mc Millen, Bladimir Arellano, Pascual Barraza Barraza, Orlando Budnevich Brown, David Baytelmann Silva, Míreya Baltra Moreno, María Carrera Villavicencio, Julíeta Campusano Chávez, Luis Corvalán Lepe, Bladimír Chávez Rodríguez, Jacques Chonchol Chaid, Manuel Cavieses Donoso, Jaime Concha Lois, Naún Castro Henríquez….”



 Ante nuestros ojos el “cruce “de la Panamericana, que nos ponía en enlace con la Calle Matta.

No había  ya vehículos en circulación o la menos muy pocos.
En algunos hogares se había izado la bandera de Chile y en algunos espacios abiertos de una forma ingenua e inocente algunos niños jugaban con volantines.
Al avanzar hacia la calle Arturo Prat, frente al fundo “La chacarilla”, se adelanta una guardia de carabineros que junto a una patrullera y un automóvil, nos indica que debemos detenernos.
En Quilicura, en el año 1973, existía sólo un retén con una dotación de no más de 10 uniformados, tal vez menos.
El retén estaba ubicado junto a la plaza a un costado del edificio municipal.
Nunca hubo grandes situaciones delictuales puesto que los quilicuranos que aún conservaban sus costumbres y tradiciones eran gente muy tranquila y amantes de la paz. La paz constituía un cierto orgullo para todos nosotros, la quietud de la aldea era algo que nos hacía sentirnos auto protegidos y no era dificultad para nadie transitar por las calles hasta altas horas de la noche.
La cantidad de vehículos era muy menor por lo que los niños tomaban las calles como espacios casi normales, donde jugaban “pichangas” y era habitual ver grupos de pequeños que gritaban jugando a las “escondidas”.
 La comunidad y sus vecinos se conocían y existía un gran respeto por todos. Era pintoresco que aún quedaban en los caminos carretones, caballos y jinetes y por lo tanto todo esto hacía más autentica la convivencia en armonía.
Los vecinos por esta razón utilizaban las calles como vereda y era normal que todos camináramos sin problemas por las calles solitarias.
Este retén de carabineros realizaba más bien un trabajo de tipo administrativo y colaboraba con los vecinos en problemas de comunicación y salud. Nunca existió la represión porque las gentes eran respetuosas de su función y de una forma u otra eran la real autoridad del pueblo.
Convivíamos en paz.
El personal del retén era reconocido por todos y a su vez los uniformados de verde conocían perfectamente a los vecinos.
La patrulla que conformaban cuatro miembros, más los que estaban atestados al volante de los vehículos, nos señalaron que estacionáramos nuestro auto junto a la vereda.
Obviamente que me conocían.
 Yo era profesor de la Escuela de la población y había compartido con ellos en encuentros y ceremonias.
El Sargento que dirigía la maniobra viva a un costado de la Escuela 386.
 Muchas veces yo había compartido la mesa junto a él y su esposa. Su esposa a media cuadra del establecimiento preparaba el almuerzo para los profesores y allí concurrían los colegas  en la hora de la colación. La sobremesa se compartía y se extendía muchos minutos.
Nos conocíamos muy bien. A  tal extremo que la última vez que estuve allí discutimos  algunos aspectos de la política social y la situación del país.
Casi sonriendo expresó:
-Señores su documentación
-Bajen todos del vehículo y se ordenan acá a hacia la pared.
-¿Por qué andan circulando en las horas del toque de queda?
-Venimos desde la Reina y hemos sido desviados varias veces. Debiéramos haber llegado hace dos horas. Nos dirigimos hacia la población.
-¿Qué población?
Su trato fue muy rudo, muy agresivo. El dialogo se produjo con constantes amenazas.
-Señores  o acá acatan las órdenes o se les envía al calabazo. Pero advierto que del calabozo los sacaremos muy pronto y no para felicitarlos.
-Espero que sen cuenta de lo que está pasando en el país. Se acabó el libertinaje señores.
Era notorio que disfrutaba del momento y que quería establecer el poder que significaba estar flanqueado por fusiles.
El control fue más extenso que los anteriores y caímos en cuenta que se trataba de una provocación para que de uno de nosotros reaccionara.
Afortunadamente no caímos en la trampa y sin haber programado ninguna estrategia, optamos por el silencio.
Nos dejo marchar no sin antes agregar.
-Si nos encontramos de nuevo serán detenidos y procesados. Retírense de acá.


Estábamos en nuestra comuna, meses antes éramos cómplices de la quietud de la aldea  y sin embargo el trato que nos dio el sargento fue al extremo humillante y violento.
Seguimos en silencio y por fin nos encontramos en el pasaje Sucre de la población María Ruiz Tagle de Frei.
La población había sido construida el año 1968 y correspondía a un programa del Gobierno de Don Eduardo Frei Montalva.
En efecto a fines de los años sesenta se instauró a nueva política para ayudar a los sectores más necesitados  y desposeídos de  vivienda. No podía ser de otra forma.
Al término de la década, sin duda que la necesidad de vivienda era una de las prioridades de cualquier política social. Las condiciones de miseria y de desamparo se acentuaban en los sectores periféricos de la ciudad y el estado de la gente más pobre era dramático.
Fue así como surgió la “operación sitio”, una suerte de cooperativa popular que posibilitó que mucha gente de lo más vulnerable de la sociedad tuviese acceso a una vivienda propia.
En estas condiciones, unas 300  familias en los terrenos del antiguo y extenso Fundo de “Lo Echevers” formaron la nueva población.
Y esta población fue reconocida como María Ruiz Tagle de Frei.
Pasada la media tarde estábamos por fin en casa.

Nos despedimos de nuestro amable conductor pensando que su suerte sería diferente en el viaje de regreso. De hecho su ruta sería mucho más directa.
Entre abrazos y risas nerviosas fuimos recibidos en el rincón de aquel pasaje. La familia estaba reunida y se comentaban los hechos que acontecían aquel histórico día.
Era evidente la alegría de tenernos allí.
Recién en ese momento, mi cuñada nos revela que su jefe porta un maletín con mucho dinero. Son billetes. Correspondía a los sueldos de los operarios y pasó inadvertido en los controles.
Otra hubiese sido nuestra suerte si alguien lo descubre.
La televisión tenía una programación improvisada sin continuidad. La radio y la TV estaban en manos de las FFAA. Todo estaba intervenido.
En Chile la TV sólo tenía cuatro canales y esta vez estaba reducido a una interminable cadena que no tenía ninguna programación. La televisión transmitía latamente dibujos animados y películas antiguas. Si aparecía alguna escena no apta para ese día era eliminada inmediatamente. Así había sido durante todo el día.
Un golpe de estado se había producido en el país y había de este modo alterado una larga historia de sucesión de gobiernos elegidos democráticamente. Sin embargo habían transcurrido varias horas del hecho y aún nadie sabía quienes se auto proclamaban como gobierno de Chile. Todo era incierto y confuso.
En las calles de la población los niños jugaban y corrían alegremente por los pasajes. Era todo muy similar a los días de vacaciones de fiestas patrias.
Las patrulleras y las armas no se hacían presentes aún en estos barrios.
La tarde parecía muy tranquila.
Los bandos continuaban bajo graves amenazas para quienes no acataran las resoluciones.

Sin embargo no era posible que yo estuviese así.
La patria, el gobierno y nuestra revolución caían a pedazos, tantos dirigentes y “compañeros “a esa misma hora estarían sufriendo la represión y el arbitrio, los bandos de la radio venían con una gran dosis de odio y venganza dirigidos a los supuestos enemigos de la patria y de Chile.
Éramos nosotros.
Éramos descritos casi como discípulos del diablo y era algo que desde esa pequeña casa de la población yo no podía contrarrestar. El poder de las comunicaciones se hacía sentir con todo el rigor.
La fuerza del poder y de las armas a esa hora nos tenía a todos dispersos.
Ya estábamos en un lugar seguro, por lo tanto era la hora de intentar algo.

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