6 sept. 2012

QUINTA PARTE


Cinco “extremistas”, la resistencia en  Quilicura


Unas pequeñas gotas de lluvia caían, cuando sentado sobre una vieja bicicleta tomaba rumbo hacia la Villa Gildemeister. Las calles estaban desiertas no obstante que el recorrido lo hacía burlando la calle principal donde, con toda seguridad estaban aún las patrulleras.
En la Villa Gildemeister,  seguramente me encontraría con unos  hermanos que muchas veces habíamos coincidido en las distintas manifestaciones populares.
No demoré mucho en llegar a la Villa.
Algunas personas sonrieron al verme sobre la bicicleta. No era común que yo usara bicicleta, menos aún para la gente que sabía que yo era profesor y que tenía un buen aspecto de señor..
La Villa Gildemeister  ubicada a la entrada de la comuna, estaba formada por familias de trabajadores que venían desde Cerro Blanco y que comenzaron a instalarse acá desde mediados de la década del sesenta. Fue un frescor que invadió a la comuna que ya parecía dormirse en su monotonía y quietud. Eran personas diferentes a las que todos nosotros los quilicuranos conocíamos. Les admirábamos y les odiábamos.
 Eran una novedad en todo sentido.
Ya sus casas, tenían un tipo de construcción diferente a las casas de adobe que formaban nuestros barrios. Eran matrimonios jóvenes que le cambiarían el rostro a todo. Y junto a las familias llegaron muchos adolescentes.
Les llamábamos “los villanos” y como suele ocurrir nos mezclamos con su cultura. Ellos visitaban “el pueblo” y nosotros visitábamos “la villa”.
En la Villa surgían distintas manifestaciones sociales, políticas, culturales y deportivas. Era un aire nuevo para este pueblo provinciano que sólo se alteraba en el mes de septiembre. Seguramente por eso, en un principio sólo les vimos como forasteros e invasores, pero caminando con la historia nos fuimos adaptando a esta convivencia.

La tarde caía y yo entraba por la parte posterior a la última casa de la villa.
Un saludo y un abrazo. ¡Qué bueno estar entre compañeros de ideales similares!
En ocasiones las palabras sobran. Ellos y yo sabíamos lo que pasaba y también sabíamos lo que haríamos.
Preparamos la camioneta y partimos. Sólo íbamos cinco jóvenes.
Ellos pertenecían a las juventudes comunistas y sabían que yo había ingresado a las filas del MAPU. Habíamos trabajado en conjunto en un programa de alfabetización y más que nada nos habíamos visto muchas veces en encuentros artísticos. Eran músicos y cantaban lo que la gente en esos años denominaba como “canciones de protesta”. Canto nuevo y popular.
En el verano del año 1971 yo había emprendido una gran aventura. Conformé el grupo OCARQUIL y realizamos el más grande festival de la canción de Quilicura. La comuna tenía una Alcaldesa de derecha a quien tuve que engañar para conseguir su autorización. Cuando quiso reaccionar ya Quilicura estaba repleto de publicidad e íbamos de un lado a otro rompiendo el silencio de la comuna con los equipos que nos facilitó la misma  Municipalidad.
 Pintamos todas las paredes con el slogan “Una canción para el verano”.
La noche del festival el estadio municipal se repletó y todos los políticos de la época buscaban al organizador, a ver si era posible aprovechar esa magnífica oportunidad para que la gente les escuchara. Yo estaba en medio de ellos y nunca se enteraron.
Allí cantó entre otros, el grupo de la Villa Gildemeister.
Estos eran mis amigos.
Al finalizar la presentación en esa noche de febrero, saludaron al público con los puños en alto.
La Alcaldesa que me tenía entre ojos desde la campaña del 70, jamás me perdonó que hubiésemos convertido a Quilicura en un gran escenario de participación y verdad.
Yo era militante del Mapu que tenía algunos partidarios en la Comuna. Nos veíamos de vez en cuando porque más que nada éramos gente de trabajo y de acción.

En alguna ocasión nos trasladamos al teatro Independencia y a otros lugares donde la fuerza de nuestro grito era impresionante:
¡Tírame la M...!
¡Tírame una A..! ¡Enchúfale la P! ¡Termina con la U! ¿Cómo dice? ¡MAPU!
No se escucha ¡MAPU! ¡Con más fuerza! ¡MAPU!
Solíamos llevar las banderas verdes con una estrella roja en el centro y realizamos varias convocatorias en Quilicura. En las noches pintábamos consignas en los muros sin que la gente nos identificara. Nuestra opción era resaltar los logros y avances del gobierno de Allende.
En los años setenta los partidos de izquierda en Quilicura no tenían una orgánica propia, más bien el nivel central que estaba en la capital era el que propiciaba el trabajo.
Nosotros teníamos una “política de cuadros”.Así la llamaban nuestros dirigentes.
Todo estaba centralizado en las sedes de Santiago y la comuna en general no tenía una organización propia. Estábamos conectados de una manera muy simple sin tener mayor orgánica que el mensaje de persona a persona.
De hecho, era normal que con alguna frecuencia, el partido desplegara una pequeña campaña para que sus militantes visitaran la comuna. Era entonces cuando desplegábamos las banderas y las consignas.
Los partidos de izquierda actuaban de este modo.
Y en Quilicura todos nos conocíamos y nos respetábamos en nuestras posiciones políticas. La unidad popular no tenía por decirlo de algún modo una sede política y menos una directiva comunal. Los más jóvenes sólo teníamos como meta, el triunfo de la revolución. No estaba en nuestras mentes ni el poder ni la ambición por destacar o hacer carrera política. Lejos de nosotros todo aquello. Se trataba más bien de sueños e ideales sociales.

Unas gotas de lluvia caían sobre nosotros y el atardecer se hacía ya latente; esta vez no llevamos banderas porque nuestro propósito era ver la reacción del pueblo y si en algún sector se producían algunas manifestaciones.
De momento todo era dispersión.
Naturalmente luego de recorrer la comuna sigilosamente no encontramos a nadie. Y nadie tampoco nos vio.
En Quilicura la resistencia al golpe militar la constituían cinco jóvenes absolutamente desarmados y desprotegidos que temerosos sintieron como la decepción les inundaba sus espíritus. Éramos según decía la TV, los “extremistas”
La desesperanza y el desconcierto me llevaron a escribir temerosamente, en una pared de adobes la frase que borró la lluvia días más tarde:
“Allende no ha muerto”

Era ya de noche cuando regresé al pasaje de la población.
La televisión emitía en blanco y negro las imágenes de lo sucedido durante el día.
Allende se había suicidado.
Para los periodistas lo más significativo de todo era el bombardeo de la Moneda que con gran precisión habían realizado los pilotos de los aviones Hawker hunter.  Junto a estos “héroes del aire”, por fin los chilenos conocimos el rostro y la figura de quienes eran nuestros salvadores y opresores.



“En la Escuela Militar se realizó esta tarde la ceremonia de juramento de la honorable Junta Militar que ha asumido el mando y el control de nuestra patria. El juramento se realizó pasadas las 18.00 horas… “
-…¿Juráis por Dios y por la patria y por la justicia cumplir y hacer cumplir los postulados del acta de constitución de la junta con toda la energía de vuestro amor por Chile?
Y las imágenes mostraban como uno a uno los integrantes de la Junta Militar expresaban un emocionado-Si juro.
Luego cada uno de ellos sintetizó en breves palabras su visión histórica de lo que sucedía en Chile.
El Comandante en Jefe de la Fuerza área de Chile, General del aire Gustavo Leigh Guzmán con una gran dosis de odio expresó:
-Tenemos la certeza, la seguridad de que la enorme mayoría del pueblo Chileno está con nosotros, está dispuesto a luchar contra el cáncer del Marxismo, está dispuesto a extirparlo hasta las últimas consecuencias”


El país quedó en estado de sitio con un régimen excepcional de tiempo de Guerra y el toque de queda no sería levantado hasta nuevo aviso.
Las calles de Chile quedaron vacías en manos de los militares.
Mis ojos  se resistían a creer lo que veían.

Mi mente y mis pensamientos viajaron en búsqueda de mis compañeros de la Escuela Experimental Artística, a mis compañeros de la Escuela Normal José Abelardo Núñez porque fue precisamente allí donde se forjó mi carácter socio político.
Tal vez ellos, al igual que ayer tendrían una respuesta a todo lo que ocurría en Chile. O tal vez estaban en la misma confusión que miles de chilenos que habíamos abierto la conciencia hacia lo que era la justicia social.
Una película cruel se sucedió en mis pensamientos, mi infancia, mis padres los fusiles del mediodía, las muertes que traía el rumor de la brisa, mis pinturas en el edificio Gabriela Mistral y el inexplicable desenlace de la revolución chilena.
Esa noche, en el secreto de la pequeña pieza de madera, en el rincón de la población, en la oscuridad de aquel hogar humilde, aquel día del mes de septiembre que había terminado, lloré y sofoqué mi llanto muchas veces.
A lo lejos el ruido permanente de un helicóptero y a intervalos las descargas de las metralletas.
Todo era una pesadilla. Tal vez lo fuera y terminara con las luces del amanecer.
Tal vez era solo eso.
Sin embargo, la pesadilla duraría 5.840 noches.




Compañeros de la EEEA 1967








Escuela Normal 1969








                                                          

3 comentarios:

  1. Al leerlo no se puede evitar que la nostalgia y una escondida emoción brote del alma. La importancia de nuestra historia y del pasado es ayudarnos a entender el presente. También me he dado la tarea, solitaria y cautivadora de plasmar algunos relatos, ya los dare a conocer, fue inspirador leer esto, gracias.

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  2. Recién hoy leo.A todos los que nos tocó vivir ese día y muchos más venideros, los más vergonzosos de Chile, nos quedará por siempre en la memoria y sin olvido todo el dolor y humillación que hombres sin alma hicieron vivir a los hombres y mujeres de este país.
    Yo no olvido, ni tranzo la dignidad de Chile y los chilenos.Mi corazón aunque vivió otras batallas en otro país de nuestra América L., siempre estubo presente y lo seguirá estando.Las fronteras las imponen los hombres mezquinos; la mía no reconoce fronteras.
    Gracias por compartir su historia.Es una razón mas para aceverar todo lo que pienso.

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  3. Faltó mencionar que Quilicura también recibió bombas ese 11 de septiembre.
    El objetivo fueron las antenas de radio que estaban ubicadas frente al recinto de la estación de ferrocarriles. La onda expansiva logró que todos nos levantáramos temprano ese día.

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